En el capítulo 4 de San Lucas aparecen las tentaciones de Cristo en el desierto, donde el demonio intenta que tome un atajo en el camino diseñado por el Padre. Cada tentación es antecedida por un “si eres Hijo de Dios…” “convierte estas piedras en pan”…”todos estos reinos son tuyos si postrado me adoras”… “Lánzate del templo”…”

En cierta medida, cada una de estas tentaciones está enfocada en algún aspecto de nuestra vida: el afán de demostrar que somos más que otros y la necesidad auto impuesta de la fama, el poder y la riqueza para sobresalir y lograr empinarnos en la cúspide del reconocimiento mundano.

Más adelante, en Lucas 23 se nos presenta a Jesús cargando el madero hacia el Gólgota, y en este transitar el Salvador experimenta el sufrimiento, el dolor, el engaño, la soledad y la traición. Como podemos apreciar, no hay mayor ejemplo de entrega y renuncia voluntaria que la caminata de Jesús rumbo al Calvario. Si observamos con calma, en esta ruta hacia el martirio va abandonando todo lo que le unía a este mundo:

  • Abandona la vanidad que podría haberle traído la instauración de un nuevo régimen político.
  • Abandona el reconocimiento humano y los honores que podría haber recibido como un monarca o líder religioso de renombre.
  • Abandona su propia gloria y poder celestial para transformarse en un simple hombre, llevando las culpas de los pecadores.

Es cierto, la vida de Jesús sobre la tierra la podemos definir en una sola palabra: ABANDONO. Y curiosamente la palabra que menos apreciamos y valoramos, porque nos aferramos a la vanidad de la vida, a sus afanes. Al respecto dice San Pablo en Filipenses 2: “La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús, quien, siendo por naturaleza Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse. Por el contrario, se rebajó voluntariamente, tomando la naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos. Y al manifestarse como hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz!”

El camino de los que creyentes es la misma ruta de Jesús, no hay atajos. Pero tenemos la confianza que el que camina con nosotros ya sabe dónde ir, por eso vamos confiados.